Dylan
Uno se rompe la cabeza por lograr lo que quiere.
Después de mucho esfuerzo y de un desgaste de energía excesivo tal vez logre su cometido. Dylan podría tardarse la vida intentando conectar el cable del cargador de la computadora indefinidamente. Sin embargo, su progreso es acelerado. Sabe que el cable alimenta a la máquina, pero no sabe utilizar su cuerpo para entender la manera de lograr esta operación. Sus tacto, vista y demás sentidos todavía no asimilan a la manera adulta. Sus movimientos son pequeños, unas manos que apenas pueden extenderse, un tronco que duramente mantiene el equilibro en la gravedad. Unos ojos que miran hacia un lugar, pero no organizan la información visual en jerarquías. Le da lo mismo estar entre sombra o en la luz, la diferencia no está marcada en su experiencia. Su experiencia apenas está empezando a desarrollarse.
Su madre llega y le conecta la computadora. Hay alguien que en sus quejidos podría hacer las cosas por él. Se comunica, expresa sus necesidades. Yo entiendo qué es lo que quiere. Pero no se lo facilito. No es por crueldad. Simplemente estoy muy interesado en saber de qué manera responde a la situación que se le presenta, porque me identifico con él, y quiero saber hasta donde llega por sí mismo. Pero el tiempo no es suficiente antes de que su madre llegue y le prenda la computadora, más aun, lo dirige hacia sus contenidos de preferencia: “el ratón vaquero”. La placentera solución otorgada por alguien más.
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